sábado, 7 de febrero de 2015

De la vida, de la muerte y el cerrar círculos

De la vida,
de la muerte
y el cerrar círculos.

Unos días después de mi última entrada, viví la experiencia de conocer acerca de la muerte inesperada de mi padre. 
La noche anterior mi hijo decidió asistir a una fiesta a la que lo invitaron.  Si bien es cierto que realizó el procedimiento acordado, madre es madre y yo me encontraba pendiente de que llegase.
Dejé el teléfono en "silencio", mas encendido toda la noche.

A la madrugada, sentí la vibración a consecuencia de una llamada entrante.  No atiné a responder a tiempo y me dejaron un mensaje en la contestadora.

Cuando me fue posible abrir bien los ojos y examinar el teléfono, me percato que, desde un mismo número, me llamaron en varias ocasiones.  El programa de "suposiciones" se activó inmediatamente. Al fin resuelvo devolver la llamada, y la voz de la contestadora automática al otro lado del hilo telefónico me indica que me comuniqué con un centro de salud cardiológica. ¡Aumentaron las suposiciones!

Con el recuerdo latente del sueño de muerte que casi viví unos minutos antes, respiro profundo y me armo de valor para volver a llamar.  Esta vez, quería escuchar una voz en vivo y directo.
Insistí alrededor de treinta y cinco minutos antes de recibir la respuesta en vivo.  Formulo preguntas a la persona que me atiende, quien además me indica que acaba de recibir la guardia y desconoce la razón por la que me llamaron tantas veces. Me ofrece ir a indagar y propone que le espere en línea.
El tiempo parece congelado y la suposición me hace pensar que olvidaron volver a responderme.  Finalmente, al fondo, escucho que describen el oficio que realizaba mi padre, que intentaban dar con un familiar que acudiera al lugar y que habían hecho cuanto pudieron.  Que lograron dar con su hermana y que la señora llegó para trasladarlo al hospital de la ciudad.  Que el señor había sufrido un infarto fulminante. Insisten las voces en afirmar que hicieron cuanto estuvo a su alcance.  Que, en realidad, cuando le asistieron, ya no tenía signos vitales. Que falleció en el acto.
Domingo 21 de diciembre, para muchos el día del Espíritu de la Navidad, para otros, el ocaso de la vida de un ser querido.

Pasan muchas ideas por la mente en un momento como este. Para mí, fue la oportunidad de hacerlo diferente. Las experiencias previas no se pueden modificar, todo lo que tenía era ese momento presente.
Llamé a mis familiares, di vueltas durante unos minutos tratando de escoger las palabras adecuadas para darles las noticias y entonces mi madre asumió la responsabilidad de avisar a mi hermano, el varón mayor. Posteriormente, decidimos ir juntos a acompañar a nuestra tía paterna, pues al llamarla me indicó que estaba sola, que había vivido ese momento terrible de encontrarle tirado en la calle, sola.

Si. Fue una muerte súbita. Y pensé que, tal vez, no sufrió tanto al morir. Espero en Dios que haya sido sin sufrimiento. Mas para quienes le sobrevivimos comenzó la verdadera y ardua tarea: encontrarnos por primera vez, estar juntos por primera vez, y decidir cómo vivirlo.

Como era de esperarse, llegaron mis hermanos por parte de papá, llegaron dos de sus exparejas y las horas que transcurrieron para hacer los trámites y sacarlo de la morgue parecían avanzar con lentitud. Cuento esto con el ánimo de hacer algo didáctico porque, si bien no soy la única hija de padres separados, mi historia familiar fue dolorosa por mucho tiempo, y gracias a eso transité en mi vida el camino que escogí.

Con el afán de superar tantos traumas y "malas decisiones" busqué distintas fuentes donde saciar mi sed y mitigar ese dolor.  Recorrí creencias diversas y busqué distintas doctrinas. Me esforcé, y fracasé en lograr metas. También logré objetivos y de igual manera me sentía vacía. He conocido los retos, los logros y el alcanzar resultados diferentes a los esperados, mas en ese momento, ante esa realidad, me hallé con la certeza y la fortaleza de hacerlo diferente, pues lo podía hacer con consciencia. Podía elegir cómo sentirme y cómo abordar la situación.

Incluso, podría elegir cómo apoyar a mis familiares y a las personas que, de alguna manera u otra, estarían pasando por un momento de dolor, más allá del rencor y la frustración que produce la sensación de los asuntos no resueltos, de los círculos no cerrados.

Y es que, para mí, ahora, ante la muerte, que algo más grande que el rencor, la ira o la frustración, lo mejor es rendirse. Lo mejor es soltar. Porque el difunto ya culminó su ciclo, ya cumplió su misión -lo haya sabido o no-, mientras que los sobrevivientes comienzan una nueva lección de vida.
Ante lo traumático de la situación, ante los comentarios que dejan caer las personas en esos momentos, y ante la certeza que nuestra sociedad no prepara a los ciudadanos para esta experiencia tan natural, es la decisión de cada uno lo que marca la diferencia.

Bajo ningún punto de vista pretendo señalar que la emoción se ausenta de todo esto, mas quiero establecer que el control que ejercemos en nuestra mente puede resultar ser apoyo o empeorar la situación.

Ante todo ello, y reconociendo que mi manera de pedir apoyo en ese momento tal vez estuvo lejos de ser el mejor, tuve la oportunidad de reflexionar en los días siguientes, y de disculparme con aquellos en quienes me refugié.

Hoy, nuevamente, unos pocos días después, aprovecho para agradecer a todas las personas que, al haber formado parte de mi experiencia de vida, y al haber participado directamente en tan impactante experiencia, tomando parte a su manera particular, contribuyeron y contribuyen a mi decisión de "hacerlo diferente".

Gracias papá por todo lo que me diste. Ahora tengo la certeza de que estás conmigo y que lo estarás hasta el final de mis días. Deseo que brille para ti la Luz Perpetua, que descanses en paz y que hayas ido en paz.  Hiciste lo mejor que pudiste. Y así quiero hacerlo también.

Te llevo en mi corazón y pido a Dios nos bendiga y acompañe también, para que tu nombre se preserve con mayor cariño del que tuviste en vida.

Bendíceme, y bendice a tus descendientes. Amén.


A la memoria de José Fernando Guzmán. Nacido el 02 de junio de 1941, fallecido el 21 de diciembre de 2014.